Engañé a mi abuela.

No sé por qué hice eso, pero no fue a propósito. Hoy les voy a confesar como engañé a mi abuela y siempre recuerdo ese momento de mi vida. El gigante verde fue parte de todo eso y no sé cómo se aprovechó de mis ideas en mi mente. Esto es una historia real mía.

Érase una vez en 1998 cuando yo estaba…… ¡Stop! Eso ya aburré ¿Verdad?

En fin, en 1998 tenía cinco añitos y cuando todo eraoriginal.jpgcolor de rosa en mi vida, sin responsabilidades, sin preocupaciones etc. Donde disfrutaba ver el crepúsculo, correr y un sin fin de cosas. Aunque fui algo extraña siempre me ponía a observar o descubrir, había un científico dentro de mí. Hacía inventos, pelaba cables o unía cables de cobre, hacía experimentos con hormigas y buscaba sus larvas, hacia trampas para palomas, o era pupila de mi abuelo que me enseñaba historia. Rara quehasta puse a una vecina acostada y que diera a luz. Que supuestamente el bebé era un peluche que tenia en su estomago debajo de su camiseta. Pero tenía que empujar y yo la estaba guiando como ”doctora´´. Nunca me gustaron mucho las muñecas, les quitaba las cabezas y me ponía a experimentar con ellas. Fui demasiado curiosa, que aún no sé cómo mi preciosa madre me soportó. Aunque mis altas calificaciones en la escuela lo recompensaban. No tuve una infancia muy común, fui muy activa. Tanto que hasta se me ocurrió de la nada engañar a mi propia abuela. Siempre estaba de curiosa en el patio de mi casa, y observaba el gigante verde. El gigante verde nunca se movía siempre se quedaba allí noche y día. Los animales pasaban por donde el aunque algunos se lastimaban con sus espinas. A veces tenía que tener cuidado porque me podía lastimar. Y aunque nos podía lastimar si no tuviéramos cuidado, nos daba algo que casi usábamos todos los días. Y eran los benditos limones, así es, el gigante verde era un árbol palo de limón en mi casa. Y como era una niña, para mí era un gigante. Me subí en una silla y observé los espinos y los limones. Luego fui dentro de la casa de mi abuela, abrí el refrigerador y había unos limones muy frescos.  Los tomé y salí corriendo hasta el gigante verde. Me subí devuelta  en la silla y el árbol estaba floreciendo. Era el momento exacto y preciso para hacer esto. Así que no lo pensé dos veces y ensarté los limones en espinas, uno por uno. Luego me bajé de la silla y se miraban que esos limones eran parte del árbol. Y que nadie podía creer que ya eran arrancados. No me creía astuta, pues tenía inocencia. Pero estaba haciendo una picardía con astucia. Salí corriendo hacía la casa, y llamé a mi abuela con gritos, diciéndole: ¡ABUELA! ¡ABUELA! Ya hay limones en el árbol.  Mi abuela no podía creer que ya había limones en el bendito árbol. Pero para comprobar fue al gigante verde junto conmigo. Al llegar al gigante verde, quedó sorprendida que ya había limones. Estaba extrañada y se preguntaba cómo fue que salieron tan rápido esos limones. Pero ya no importaba, y se la creyó. Y pues entró en la casa con esa idea que ya había limones. Le contó a mi abuelo y a mi madre que era raro pero que ya había limones. Mi madre también se la creyó. Pero mi abuelo estaba más extrañado que todos, y fue a ver al gigante verde. Observó los limones y le dijo a mi abuela:

Marta esta niña te ha engañado. 

Él sacó un limón de la espina delante de todos. Y mi abuela solo me miró asombrada y dijo:

¡Santo Dios! Fui engañada por esta pulgarcita. ¡No sé! cómo se le ocurrió meter esos limones en las espinas para hacerme creer que el árbol ya había echado limones.

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Había alguien más astuto que mí y era mi abuelo. En estos días aún me rio cada vez que me recuerdo de eso. Mi abuela siempre recordaba ese momento y le contaba a personas que la visitaban o amigos. Lamentablemente ella  murió y de seguro en el cielo se ha de reir todavía de ese bello momento de abuela y nieta que tuvimos.

No fue mi intención engañar a mi abuela.

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